En Chile, las mujeres ganan en promedio 21% menos que los hombres en sus trabajos. Aunque esta brecha ha disminuido de forma sostenida —una quinta parte en la última década— sigue generando debate público. ¿Se debe esto principalmente a una discriminación al momento de contratar mujeres? Según la economista Claudia Goldin, ganadora del Nobel de economía en 2023, quién ha dedicado su carrera a estudiar este fenómeno en Estados Unidos, la respuesta a esa pregunta es un «rotundo no».
Su explicación es que, si bien durante buena parte del siglo XX la discriminación laboral tuvo un rol importante, actualmente, las diferencias de ingresos se relacionan principalmente con decisiones vinculadas a la carrera laboral, la maternidad y la estructura del mercado del trabajo, no con arbitrariedades de empleadores sexistas.
En Chile, la brecha de ingresos que usualmente se comenta en la discusión pública no simpre compara remuneraciones por el mismo trabajo, lo cual es necesario para realmente entender el fenómeno y pensar soluciones. La cifra «pelada» no nos dice mucho, pero, al ajustar por cantidad de horas trabajadas, la diferencia salarial hombre-mujer se reduce a menos de la mitad, y al ajustar por preferencia de profesiones, la reducción sería todavía mayor.
Además, uno de los factores más determinantes es la maternidad: tras el nacimiento del primer hijo, los ingresos de las mujeres sufren un «castigo» persistente dado que las responsabilidades de cuidado recaen desproporcionadamente en ellas. De hecho, si se observa únicamente la brecha del salario por hora entre hombres y mujeres que viven en hogares sin menores de edad, esta se reduce aún más, lo que respalda la tesis de Goldin de que la discriminación arbitraria no es el principal motor de la brecha actual.
Esto también se observa en la evolución de los ingresos a lo largo de la vida. Durante la juventud, los hombres y las mujeres que viven en Chile experimentan trayectorias salariales muy similares. La divergencia aparece principalmente entre los 30 y 40 años, coincidiendo con la etapa en que muchas mujeres tienen hijos.
El mismo patrón aparece en el empleo. Tras el nacimiento del primer hijo, la tasa de empleo de las mujeres cae significativamente, mientras que la de los hombres prácticamente no cambia. En Chile, esta caída equivale, en promedio, a un 37% respecto de los hombres durante la década posterior al nacimiento del primer hijo. Es una reducción mayor al promedio de la OCDE (31%) e incluso al promedio de América Latina (35%), reflejando que la rigidez del mercado laboral chileno es alta relativo a otras economías.
Según Goldin, gran parte de la brecha salarial surge de los llamados «trabajos codiciosos». Es decir, empleos con largas jornadas, poco flexibles y demandantes de alta disponibilidad, que pagan más precisamente por esas exigencias. En muchas parejas con hijos, uno asume ese rol mejor remunerado mientras el otro prioriza el cuidado del hogar, generando diferencias de ingresos dentro del mismo hogar. El desafío, entonces, es hacer estos trabajos más compatibles con la vida familiar. Sin embargo, en Chile, la rigidez laboral —acentuada por la falta de avances en reformas como la indemnización por años de servicio, la sala cuna universal o el aumento de la edad de jubilación, y muchas otras— dificulta ese ajuste. Un mercado laboral más libre y flexible ayudaría a reducir la infame brecha salarial.
