Para que el número de habitantes de una sociedad se mantenga estable en el tiempo, es necesario que la tasa global de fecundidad sea, al menos, de 2,1 hijos por mujer. Es decir, si cada mujer tuviera 2,1 hijos en promedio durante sus años fértiles, nuestra sociedad se estaría reemplazando: supliendo a ambos padres y compensando la tasa de mortalidad infantil. Sin embargo, en casi todo el mundo, la tasa de reemplazo poblacional no se está alcanzando y, por ende, nuestra población estaría creciendo cada vez más lento, arriesgando consecuencias socioeconómicas negativas para el futuro.
Si bien las bajas en las tasas globales de fecundidad son un fenómeno mundial, los países más afectados tienden a ser los más ricos que, además de ser más costosos para vivir y criar hijos, ofrecen mayores oportunidades económicas que incentivan a las personas a trabajar, estudiar y emprender, postergando el tener hijos o, simplemente, desistiendo de esa opción. A pesar de no ser una de las naciones más ricas del mundo, Chile destaca por tener una de las tasas globales de fecundidad más bajas del mundo, llegando a 1,2 en 2023 y 1,0 en 2024, por debajo del promedio de países desarrollados.
Además de explicaciones culturales y oportunidades laborales para las mujeres, parte de la baja en el número de nacimientos en Chile se explica por una pronunciada caída en la tasa de embarazo adolescente, viéndose reflejado en la tasa específica de fecundidad (número de hijos por mujeres correspondientes a un grupo etario específico) de las mujeres de 15 a 19 años, que disminuyó 83% en las últimas 3 décadas. La tasa específica de fecundidad de las mujeres entre 20 y 29 años —grupo donde solía ubicarse el grueso de las madres— disminuyó 61% en el mismo período, evidenciando una clara tendencia a tener menos hijos entre las mujeres jóvenes no adolescentes.
En Chile, además de tener una tasa de natalidad —nacimientos cada 1.000 habitantes— que cae en picada (-62% tan solo en los últimos 30 años), nuestra esperanza de vida al nacer aumentó rápidamente (+9% aprox. en el mismo período), llegando a los 81,5 años en 2024. Si bien el incremento de la esperanza de vida es algo positivo que le debemos, principalmente, al desarrollo de nuestros sistemas de salud y salubridad, la combinación de esos dos factores significa que nuestra población envejece. Es decir, en nuestra sociedad existen cada vez menos personas en edad de trabajar (15-64 años) y cada vez más personas que ya pasaron esa etapa (65+ años).
Que una sociedad cuente con una masa de trabajadores reducida puede significar distintos tipos de desafíos socioeconómicos. Por un lado, podríamos ver menos innovaciones y emprendimientos, y menos crecimiento económico como consecuencia. Por otro lado, la recaudación de ingresos fiscales podría verse reducida (porque habría menos personas trabajando) a la vez que existe una mayor presión de gasto estatal en pagos de pensiones y otros beneficios para jubilados y personas de tercera edad, pudiendo resultar en una mayor deuda estatal.
La evidencia internacional sugiere que una de las claves para combatir la tendencia de natalidad decreciente consistiría en aplicar medidas que promuevan la flexibilidad laboral, como las que fomentan la creación y uso de salas cuna —siempre y cuando no aumenten de forma relevante los costos del Estado o de los empleadores privados—. Mientras más fácil sea para los padres conciliar el trabajo con el cuidado de sus hijos, mayor será la probabilidad de que los tengan.
