En 2018, cerca de 117 mil estudiantes de 20 países rindieron la prueba PISA de alfabetización financiera, que mide conceptos como tasas de interés, seguros y contratos. Los estudiantes chilenos obtuvieron 451 puntos, superando lo esperado según sus resultados en lectura y matemáticas, pero lejos del promedio OCDE de 505 puntos. Dominar nociones financieras básicas es clave para un país que busca desarrollo económico y humano, especialmente en un contexto de estancamiento laboral y de ingresos entre las nuevas generaciones.
Un estudio del Centro UC de Políticas Públicas (2025) construyó un índice de educación financiera basado en alfabetización y comportamiento financiero. Los jóvenes (18–34) lideran el índice gracias a sus mayores niveles de alfabetización, mas no con su comportamiento que mostraría peores hábitos de gasto, ahorro y manejo de emergencias que generaciones anteriores. En conjunto, los autores concluyen que el nivel de educación financiera en Chile es, en general, bajo.
Según el Banco Mundial, el 85% de los mayores de 15 años en Chile tiene cuenta bancaria, y los jóvenes (15–24) están tan incluidos como el promedio nacional, a diferencia de América Latina y países desarrollados. Desde 2011, la inclusión financiera chilena se ha duplicado y se acerca a niveles OCDE, impulsada por el acceso a tarjetas de débito como la Cuenta RUT, que supera los 15 millones de usuarios y duplicó su base entre 2014 y 2025.
La inclusión financiera no garantiza bienestar. Hojman et al. (2016) relacionan el sobreendeudamiento con deterioro de la salud mental, y Mian et al. (2015) lo vinculan a menor crecimiento agregado. La Encuesta Financiera de Hogares (2024) muestra que la carga financiera no es peligrosa aún, pero aumenta entre los jóvenes. En un contexto económico debilitado, fortalecer la educación financiera es clave para evitar sobreendeudamiento, fomentar ahorro y proteger el poder adquisitivo de las nuevas generaciones.
